2.10.2014

Centralización cerebral

Yo pensaba que mi ciudad era la más pintoresca, me la ponía por montera ante cualquier posible “enemigo” defensor del agua con olas.
 
Yo, era capaz de recorrerme la línea 6, la circular, la gris (la única de la que me he acordado hasta el momento) durante todo un día en pleno mes de julio; solo por el disfrute del aire acondicionado que nos proporciona el transporte metropolitano.
Yo, que me conocía el repertorio de la mujer del este de Diego de León. Mis apuestas se perdieron por el camino al saber que tras ocho meses te conviertes tú en la cantarina del último éxito de ABBA traducido al español.
Yo, que presumía de llegar al centro madrileño a pie en menos de una hora en invierno y en una hora y cinco en verano a las seis de la tarde.
Yo, que creía que conocía el precio de los museos centralizados, que me había recorrido el triángulo del arte a lo largo de los viernes de tres meses seguidos.
Yo, que aprovechaba la existencia de mis carnés para evitar las colas museísticas a partir del atardecer invernal.
Yo, que sabía qué sacaban como novedad cada año del estanque en donde es Bueno Retirarse.
Yo, que cada vez que me pedían una foto en los parterres donde retirarse añadía a la toma la bendita torre de los patrocinadores valencianos.
Yo, yo misma quedé sorprendida por las nuevas tiendas sustitutorias de otras aún más recientes, de los olores de la merienda mientras empiezas tu paseo vespertino, por los nuevos carteles manifestantes por sí solos y, lo que es peor, de los nuevos identificantes de cada una de las personas.

1 comentario:

Anna A. S. dijo...

No dejar de sorprenderte nunca es lo mejor que te puede pasar. Bueno, eso y darte cuenta de que no eres la única que ha cambiado.