2.02.2014

Día 149/Día 1

Día 149 de Erasmus
El sol se ha levantado, ha salido, nos ha sonreído hasta el momento del dernier adieu, es decir, antes de anochecer. La luminosidad de hoy parecía diferente, como si quisiera demostrar que también puede existir en otras fechas diferentes a la primavera o el verano. Como si en Francia el sol también reinase por la parte norte. Como si París quisiera imitar climáticamente hablando a Madrid. Como si mi segunda capital vital intentara emular a la primera, como si intentaran igualarse.
La diferencia apareció en el madrugón parisino, con la abertura ventanal, con la neblina entrando por los cuatro costados de la única fenêtre que ha dado a luz hasta el día 150.
Pero, me equivoco, la diferencia ya se mostró en la noche anterior, cuando, después de minuit, los pájaros pensaban que había amanecido por la confusión lumínica de las farolas.
O, lo que es peor, la diferencia podía haber existido desde el cinco de setiembre, cuando, en pleno fin del verano, los sudores eran continuos pero el sol inexistente. Cuando llevar un vestido tenía que ser el complemento ideal a la chaqueta primaveral. Cuando los atardeceres eran diurnos, cuando los amaneceres eran nocturnos.
Quizá, solo quizá, la diferencia esté en nuestro interior, quizá sea una invención nuestra y nuestro afán de comparación, de superación, de igualación, de nominalización seguida de una adjetivación.
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Día 1 de una larga estancia
Los colores madrileños por estas fechas siguen siendo los mismos. Los árboles empiezan a recuperarse de un intenso y continuo invierno, algunos de ellos reciben la visita de viejos globos navideños que todavía no han sido recogidos. Las calles capitalinas se llenan de gente tras la salida de un sol que esconde la falta de calor imaginario. Sonrisas presentes, pasadas y futuras en los gatos, miradas centrales y oculares, sin peligro a ser interrogada y no sonrojada.
La habitación guarda en cada esquina sus olores, el armario está tan vacío como los parisinos, la pared continúa con su incapacidad de colgar cartes postales (habrá que encontrar los escasos huecos fenestrales para llegar al horror vacui parisino), los libros continúan estando apilados en una esquina entremezclando idiomas- incluyendo algunos del norte de Europa. La cama y el pijama guardado donde lo dejé hace poco más de veinte días, enfurruñado, mal doblado, descolocado, ignorado tras ver la existencia de la competencia.
Los golpes en las paredes, intentando llamar a tu vecina, a tu compañera, a tu oidora, a tu guardadora de secretos empezaron el día 2 de esa larga y sin fin conocido estancia. La presencia hermanal, en el habitáculo azulado estaba reglada por el número de golpes dados hasta el día 3. Allí la tenías presente, la quisieras o la necesitaras.
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Resumen
Las maletas que recorrieron más de mil doscientos kilómetros reflejaban a la dueña. Pesadas pero sin pasarse de la raya, tiradas por Eri en varios aeropuertos, aceptando ayuda pero de ciertas presencias personales, manchadas en la parte inferior por la tierra, medias, a medias, mojadas en el interior de ellas. Sin embargo, tiraron hacia delante atravesaron Bordeaux, sin divisar la tumba de Goya, a más de ochocientos kilómetros por hora y sin una manta por encima-quedaron guardadas con cariño en París- para poder soportar los menos cincuenta y cuatro grados centígrados de la superficie aérea.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Así pues, echando la vista atrás, al final de tantas cosas, mereció la pena perseguir un sueño y que ya no fuese sueño si no vida.

Anna A. S. dijo...

Ahora disfruta de las sonrisas cruzadas en el metro, de comer cosas ricas a diario, de las risas en la facultad, del sol de las frías mañanas de invierno. Ponte mucho esas gafas de sol que has tenido escondidas durante todos estos meses.

París será paciente. Esperará tu vuelta. Y seguro que ya no será como antes. Pero, como has descubierto en estos meses, los cambios no siempre están tan mal, ¿verdad?