4.24.2014

Shhhhhhhhhhh

Ahí la volví a ver, delante de ese portal que destaca por la luz emitida en la parte inferior mientras el resto del callejero permanece en la penumbra. Por encima de sus ojos, que jamás llegué a ver, estaba ese elemento tan común en ambos sexos en el decenio del 10. De materiales poco comunes en primavera, su tamaño era el adecuado, ni grande ni pequeño, un ala bastante larga por delante para igualarse por detrás. Color que, en un paseo marítimo, estaría de moda, pero no entre asfalto recién secado donde puedes sentir el calor desprendiéndose. Sin embargo, parecía que la elección era la correcta, guardaba correlación con sus vestimentas. Faldas largas, medias por encima de la rodilla, chaqueta abrochada por el frío primaveral nocturno y camisa que no me dejaron apreciar las prisas.

Ahí la volví a ver, me pegó el mismo susto que la vez anterior, la misma facilidad de sorpresa ante la presencia intempestiva de un sombrero de ese tipo. Mirada inferior, pesadas bolsas manuales, amplios andares, desconocido contacto.

Sin embargo, según me acercaba a la mínima emisión de luz, es decir, hacia ella, un sonido formado por eses me llegó pasados segundos- debido a la escucha de música por mi parte- shhhhhhhhhh entendí cuando más me acercaba. No le debía gustar el canto nocturno, los bailes solitarios frente al pintor de las Meninas, en la calle más cara de Madrid y la búsqueda de los compañeros de Juan Bravo por la cercanía de estos. Prefiere la falta de reciprocidad ocular, vivir bajo un ala más menos corta, cargar como si fuera su función.


Decidido, el próximo día, me siento a su lado a cantarla al oído a ver si consigo saber si su ropa combina también con el color de sus ojos.

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