4.06.2014

Vieja y Nueva Suela

Como una niña con zapatos nuevos, esa era la expresión que estaba buscando para mostrar su estado de ánimo. No podía dejar de mirar a los objetos en cuestión, no sabía si le gustaban más los recién estrenados que tan alta la parecían parecer, o esos ya abandonados y recién reparados que tanto le habían protegido durante cuatro años y dos capitales.

Los cordones ya habían sido cambiados un par de veces, la suela iba marcando cada uno de sus pasos, jamás se desgastaría. La punta terminaba con retoques profundos que hacían al par únicos, al menos en la misma habitación en la que se encontraba. El tacón ya era otra cosa, o sino que se lo digan al Señor Zapatero, según sean tus andares, el desgaste varía. Lo mío era cuestión de tacones, no había par que no estuvieran carcomidos por la parte trasera y esa era mi obsesión, buscar a gente como yo, cuyo desgaste fuera a la misma altura que la espalda. Tras varios años de búsqueda, los mismos que llevaba con el desgastado par, había encontrado a una que hablaba de aspectos internacionales, sobre la platea se elevaba a menudo y antes de terminar de preguntarle ya estaba sonriendo. Poco más sabía de él, excepto que teníamos el mismo desgaste de calzado.

Si hablamos del par recién estrenado, hay que nombrar que, tras una caída, la suela se rompió. Era de esperar de un penetrante olor petrolífero, unas siglas: PRC, una falta de entrada con facilidad la primera vez, una talla que permanece y colores que enamoran. La mirada se acercaba más a ellos según me iba alejando, conocía sus posiciones, incluso con el cambio en el periodo de rebajas. Con ellos también aprendí a ir mirando más atentamente al suelo, a que los trucs parisiens siempre te mostrarán mejor el color del suelo. Pero, más concretamente, me enseñaron a sonreír después de caer al ver la ayuda externa, las manos que se mancharon en el suelo con tal de encontrar otra que ya había sido dañada.

Ambos han visto muchas veces el suelo, han sido tirados, sacados sin necesidad de manos, dejados debajo de una escalera, luchado por no tocarse con los cordones del otro, aplastados por llegar a pesar en total menos de 23kg. Los dos saben cómo son los andares de su dueña, saben cómo evita el desgaste y que su vida sea longeva, los ayuda a conservarse bien.

Ambos representan cuatro años de encuentros, reencuentros, largos inviernos, cortas primaveras, nuevos otoños y un largo reposo estival.

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